1907-1914: El globo de Newbery asciende a Primera


Formación de 1911.  Parados: Agustín Alberti, Enrique Verni y Armando Tealdi. Agachados: Mario Bassadone, Vicente Chiarante y Pedro Martínez. Sentados: Ernesto Dellísola, J. González, Federico Brana, Gurruchaga y Máximo Berrondo.



Una idea en el arrabal
Una caprichosa paradoja determinó que la función social de alejar a los menores de los riesgos del baldío fuera patrimonio de instituciones que nacieron, precisamente, de una barra de concurrentes a esos espacios. Los desparejos terrenos por donde rodaba la pelota de trapo, dieron a luz clubes humildes que devinieron más tarde en poderosas organizaciones que hoy son ejemplos deportivos.
El Club Atlético Huracán no ha sido una excepción y por tal motivo sus potreros se trazaron sobre lo que en  aquel tiempo se denominaba el arrabal. Aquellos mocosos que correteaban por las tardes contaban con un solar comprendido en la calle Cachí, entre Traful y Ancaste. De esta manera, los barrios de Pompeya, Soldati y de Parque Patricios, abarcados en aquella época por los Corrales Viejos y Mataderos Sur, fueron testigos de los primeros pasos que dieron jóvenes pertenecientes, en su mayoría, a los colegios Abraham Luppi y San Martín.
La fisonomía del barrio en 1900 estaba enmarcada en la producción de sus mataderos, de los saladeros y en las habilidades que el porteño realizaba con su cuchillo. La hacienda llegaba desde las calles Rivadavia y La Rioja cuando lo hacía desde el norte, o cruzaba el Riachuelo por el puente Alsina para tomar Almafuerte cuando provenía del sur. Si bien las curtiembres estaban ubicadas en Patricios, se trasladaron al poco tiempo a lo que hoy es Mataderos.
El sector de los alrededores de Buenos Aires fue una típica zona arrabalera. Muy cerca de allí, cuando se estableció la quema, se formó el barrio de los “ranas”, una villa que fue desalojada en 1916 tras la construcción de una fábrica de jabón.
Pero el inicio de Huracán no sucede en Patricios, sino paradójicamente, se remontó a 1903 en los alrededores de la estación Sáenz del ferrocarril de Nueva Pompeya, donde los alumnos del colegio Abraham Luppi, todos menores de catorce años, dieron origen a un equipo de fútbol y empezaron a corretear a un costado de la calle Cachí, entre Traful y Ancaste.
Sólo existió una reunión, con la idea de constituir un equipo, sin sede, actas ni presidencia, sólo con el deseo de competir supremacías con representantes de otros barrios y efectivamente, en la acera de la casa de Tomás Jeansalles, y con el fin de jugar a la salida de la escuela y los domingos o feriados se juntaron los miembros del barrio para fundar el club Los Chiquitos de Pompeya.

Los primeros pasos
Bajo la presidencia de J. Ramponi, en 1905, se cambia el nombre del equipo por el de “Defensores de Ventana”. Más adelante se suman Ernesto Dellísola, Antonio Salgado y Elisardo Fernández desde un prestigioso club de Parque Patricios llamado Tres Estrellas.

La primera asamblea
Ya con la intención de asentar las raíces del club de fútbol, los colegas se reunieron en casa de Gastón Brunett, en la calle Lynch, donde luego se levantó el Hospital Aeronáutico. Entre palabras de unos y de otros, la iniciativa surgió de Américo Stefanini, que junto a sus compañeros del Colegio Luppi decidió juntarse luego frente a la casa de Tomás Jeansalles para organizar la primera asamblea del club.
Sin saber la importancia de esa reunión y aún sin libro de actas, la primera asamblea se realizó en Ventana 847 y fue presenciada por Enrique Berni, Brunett, Agustín Caimi, Ángel Cambiasso, Vicente Chiarante, Ernesto Dellísola, Juan Fariña, Fernández, R. Guruchaga, Jeansalle, E. Leroy, J. López, Walter Luján, Salgado, J. Spagarino, Stefanini y A. Billard. Aunque fue poco lo que quedó de la primera tertulia, aunque fue poco lo que quedó de la primera tertulia, esta sirvió para designar la primera comisión, que fue presidida por Agustín Caimi, con Jeansalle como secretario, Brunett en la tesorería, Billard como capitán y Dellísola como subcapitán. Sin saber la importancia de esa reunión, se hicieron también presentes Berni, Cambiasso, Chiarante, Fariña, Fernández, Guruchaga, Lerov, López, Luján, Salgado, Spagarino y Stefanini.
No hubo una sede fija, pues las reuniones de la Comisión Directiva se fueron alternando de acuerdo a las diferentes viviendas de los socios, en la casa que Ernesto Dellísola tenía en Patagones 2550, o también en las direcciones de Rondeau 3066, Virrey Liniers 2370 y Las Palmas 2977.

La revolución verde
La elección de un nombre siempre trajo margen para las más pintorescas anécdotas, y como no podía ser de otra manera, Huracán también tuvo la suya. De momento, lo único que querían los muchachos era encontrar un nuevo nombre para hacer un sello que los identificara. Tras agotadas conversaciones se mencionó que el nombre ya no se debía a una calle, sino al barrio, por lo que lo aconsejado fue el nombre de "Defensores de Nueva Pompeya”. Con cancha en los alrededores de la Estación Sáenz, Américo Stefanini pensó en la denominación de “Verde Esperanza”, a lo que otros remarcaron que había que argumentar que este conjunto no perdería; por lo que la denominación final quedó como “Verde Esperanza y No Pierde”.

La pifia de un pifiado
Se optó primero por conseguir dinero para elaborar el distintivo de la entidad y con los ahorros de la primera cuota social se reunieron dos pesos y cincuenta centavos.
A la librería de Sáenz y Esquiú fueron en busca de su insignia y una vez en el comercio, con el dinero en la mano, se destinaron a pedir el sello. Este debía lucir un "Verde Esperanza y No Pierde - Calle Ventana 859", pero la sorpresa llegó cuando cambiaron de opinión tras la sugerencia del librero, el señor Richino, quien expresó que no alcanzaba con ese dinero para un sello con tantas letras. El dueño de la librería opinó que la extensión del nombre no era adecuada para un club y propuso el que figuraba en un afiche de un producto de masiva venta "¿Por qué no le ponen ese nombre? ¡El Uracán! Es lindo y además es corto" sugirió el vendedor. Tras breve charla, Stefanini recordó que en Montevideo había un equipo con ese nombre, por lo que los muchachos adoptaron, sin saberlo, el apelativo del globo aerostático que luego utilizaría el ingeniero Jorge Newbery en sus viajes.
Una semana más tarde volvieron de retirar el sello y como no resistían las ganas de utilizarlo, decidieron estamparlo en la pared de una casa recubierta de mármol blanco de la calle Ventana. La sorpresa se la llevaron cuando encontraron que el sello reproducía "Club El Uracán - Calle Ventana 859".
La duda quedó instalada. Algunos dijeron que el librero no podía equivocarse y dedujeron que si urraca no llevaba la letra muda, Huracán no tenía por que hacerlo.
Los muchachos aceptaron el sello, pero tiempo después, cuando les donaron los arcos con la inscripción “Huracán” en la parte superior de los travesaños, se sintieron engañados y decidieron visitar al librero. Richino argumentó que había pasado mucho tiempo y que prefería regalarles una almohadilla antes que devolverles el dinero, porque en definitiva, “con hache o sin hache huracán siempre quiere decir lo mismo”. Con la almohadilla en la mano y convencidos de no poder hacer cambiar de padecer al comerciante, los muchachos volvieron a casa para dar uso al sello fallado.
La Liga "Campeón"
Huracán busca juntar partidos y para ello se enfila en la Liga Campeón de 1908 con un equipo de Cuarta división. Esta Liga ya era de escaso potencial para las pretensiones futbolísticas de Huracán, por lo que al año siguiente se intentará buscar un círculo superior. Pero lamentablemente, en cuanto a lo social, el club recibe varios hechos que hacen peligrar su existencia.

Laguna llega al barrio y Huracán se reorganiza
Para 1910 ya se tomó contacto con José Laguna, que se mudó en ese tiempo a Parque Patricios. Además, se agregaron al equipo varios socios más.
Según testimonio de Ernesto Dellísola, no se recuerda una reunión de refundación, pero lo seguro es que con la llegada de socios provenientes mayoritariamente del Colegio San Martín, el joven club contó entre sus filas con distinguidos adeptos como Enrique Giménez, José Regalía, José Cruz, Juan Jacques y el socio número uno, Serafín Rey.

El globo aerostático
El inicio del "Huracán"
Hacia 1908 nace el Aeroclub Argentino, que mantenía a la élite de la alta sociedad reunida alrededor de un pasatiempo tan desconocido para muchos como lo eran los viajes en globos aerostáticos. Ese mismo año, y tras realizarse el noveno vuelo de la entidad, el aeroclub queda en presencia de uno de los hechos aéreos fatídicos más destacados de la Argentina, como fue la desaparición de Eduardo Newbery a bordo del globo Pampero.
Siendo consciente de la situación y premeditando la poca atracción a los globos que originaría este hecho en la sociedad, su hermano Jorge Newbery intentó fomentar los vuelos a través de las competencias y las demostraciones. Para ello traería dos globos aerostáticos directamente de París, como serían el globo Patriota y el Huracán. Ambos globos aerostáticos llegaron más allá de la alta élite y cautivaron a la masa del pueblo, que inclinaba sus cabezas para observar a los gigantes que sobrevolaban el cielo de Buenos Aires.
Las flamantes naves darían nuevos bríos al club y las actividades se reanudarían lentamente hacia 1909. Los pilotos inspiraban admiración y eran llamados “Hombres Pájaros” por el público. Para distinguirse unos de otros usaban un banderín o gallardete colgando de la barquilla, que representaba la insignia de cada uno. El del globo Huracán era blanco, con sendas franjas coloradas a los costados. Pero, sin embargo, aún no existía ninguna conexión entre el globo de Newbery y el equipo de Pompeya.

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